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domenica 11 luglio 2010

I have a dream

Faltan 8 horas para la final mundial. España y Holanda esperan con sueños e ilusiones pero también con el miedo de alguien que ha llegado tan cerca de lo deseado y sabe lo que costaría perderlo. Vaya como vaya Europa tendrá su segunda ganadora consecutiva, Europa que con esta copa del mundo, tras haberlo igualado en 2006, superará con 10 victorias a 9 el Sudamérica, pero en días como hoy, entiendo que esto no le importe a nadie.

No importa quién jugará, ni como. La final de un mundial es como una tanda de penaltis, o como diría Forrest Gump una caja de chocolates: nunca sabes lo que te va a tocar. Para una histórica final cómo la de hoy vale todo: de la predicción del pulpo Paul a la superstición de ver el partido en el mismo sitio y con la misma gente, sentada en el mismo orden de cuartos y semifinal.


Y si los españoles se agarran al pulpo Paul, los holandeses confían en una langosta, un mono o un cocodrillo y tal vez, si lo supieran, también en Erica, mi prima de casi 11 años que desde que conoció el portero Stekelenburg (Stekelembuccher para ella), y esto fué justo antes del cuarto contra Brasil, no ha parado de animarlo y creer que ganará la copa de 5 kilos de oro puro, que esta noche entregará Fabio Cannavaro.


Mi familia interista va con Wesley Sneijder, mientras que yo, por un día hasta me olvido de mis colores, porque espero que este mundial se lo lleve mi segundo país, el que me ha acogido, y que también mis amigos españoles aprendan lo que significa llorar cuando tu capitán levanta la copa del mundo, el balón sustenido por los dioses del fútbol.

venerdì 9 luglio 2010

Mi absurda relación con las finales

9 de julio de 2006. Hace cuatro años en una habitación de un hotel de Paris y con la mejor compañia que se pudiera desear, me preparaba a celebrar la cuarta victoria de mi Italia, la primera de mi vida. El narrador italiano de ese partido, Fabio Caressa, nada más marcar Grosso el penalti decisivo, dijo una frase que se quedó profundamente grabada en mi memoria: “ Mirad donde estáis, porque no lo olvidaréis jamás! Mirad con quién estáis, porque no lo olvidaréis jamás!”


A distancia de cuatro años no lo olvidé, sería imposible hacerlo, y aún me parece estar allí y probar esa misma emoción. Tras cuatro años, cómo es normal, muchas cosas han cambiado porque el tiempo pasa por todos y sólo queda la cuarta estrella cómo el recuerdo desvanecido de una épica victoria.

Ahora faltan dos días para la final de este mundial sudáfricano, una final inédita que enfrentará Holanda y España, y donde el ganador, sea quien sea, probará el dulce sabor de la primera vez. Para España será la primera final mundial de su historia y sería increible ganarla en el primer intento. Holanda con sus campeones Robben y Sneijeder espera no revivir la pesadilla de otros grandes protagonistas, Cruijff entre todos, que perdieron dos finales consecutivas en 1974 y en 1978.

El dato confortante para los de Van Marwijk es que en los anteriores casos la naranja mecánica perdió contra los equipos organizadores, Alemania y Argentina mientras que esta vez la final se dispúta en territorio néutro. Un territorio que pero de igual manéra podría ser más favorable o más hostil a los holandeses por su pasado colonial en esas zonas.


Sin embargo, si es cierto que donde caben dos caben tres y España ganara la final, quedaría demostrado que decididamente tengo el gafe constante por no estar en el sitio adecuado durante las finales de mundiales o Eurocopas, ya que tras la victoria de Italia celebrada durante un viaje a Francia, y después de tanto tiempo viviendo en España, siempre me toca asistir a las victorias de la Roja desde Italia, lejos de la locura completa, y de la impactante sensación de todo un país que celebra su gloria.