martes, 6 de abril de 2010

Cuando el deporte se convierte en mucho más


Golpes, sangre, sudor junto a respecto, pasión, dedición. El boxeo no lo puede entender cualquiera. Es un estilo de vida, representa lo que eres, lo que escondes en el alma.
Derrotar al adversario no significa anularlo, devastarlo, sino superar el propio limite, sabiendo que del otro lado hay el mismo dolor y sacrificio.

El boxeo es una batalla contra si mismo, contra la propia existencia, es luchar porque solo así, se puede seguir adelante. Un gran boxeador pelea contra su condición personal antes que con su adversario.

Esta también es la historia de Joe Louis, campeón de los pesos pesados durante doce años (record absoluto), la historia de un negro de América que la vida descubrió boxeador.
Séptimo hijo de una familia muy pobre, Louis nació en 1914 en una cabaña de algodoneros de Lexington, cerca de Alabama y a los 4 años quedó huérfano de padre. La condición económica de su familia hizo que a los diez años empezara a trabajar como repartidor de hielo y luego como aprendiz de ebanista.

A los veinte, un encuentro casual lo llevó al ring donde empezó una carrera fulgurante, derrotando importantes rivales como Lee Ramage, ganando combates contra pronóstico y adquiriendo fama e importancia internacional. Fue en ese momento, cuando Louis estaba a punto de alcanzar la gloria, que su vida sufrió un importante revés.


Cada gran personaje tiene su antagonista y fue en ese instante que la historia de Joe Louis, “el bombardero de Detroit”, se cruzo con la de Max Schmeling, “el gigante alemán”, en un choque que iba más allá del enfrentamiento deportivo.



Eran años difíciles. El destino del mundo estaba pendiente de un hilo que en cualquier momento podía romperse. En Alemania desde hace tiempo, Adolf Hitler había trazado el prototipo de la raza aria del que Schmeling era un ejemplo perfecto.
Del otro lado estaban Estados Unidos, que tras superar la crisis y gracias a esto, dentro de poco se convertirían en el árbitro supremo de la Segunda Guerra Mundial. Las ambiciones deportivas de los dos boxeadores se trasformaron así en un round del conflicto político entre las dos naciones.

Era el 19 de junio de 1936: en el Yankee Stadium de Nueva York, Louis buscaba su primer título de pesos pesados y ser el segundo negro de la historia a conseguirlo, después de que en 1915 lo hiciera Jack Johnson. Pero Joe Louis, trás una gran pelea fue derrotado por K.O. en el duodécimo asalto.

A partir de ese momento su vida cambió radicalmente
, y a pesar de ganar igualmente el titulo el año después, nunca se consideró campeón hasta que, en 1939 en la revancha buscada obsesivamente a lo largo de los años, logró derrotar a su eterno rival. Schmeling fue machacado en el primer asalto acabando con dos costillas rotas. Pero a demostración de que a veces se aprende también de una derrota, entre los dos valientes rivales nació una infinita amistad.




La paréntesis de la guerra fue la ocasión de Louis para dejar el boxeo, pero los problemas con el Fisco americano le obligaron a volver a pelear para pagar unas deudas financiarías. Pero el campeón ya no era el mismo y en 1950 en la lucha para reconquistar el título, perdió contra Ezzard Charles, mientras un año después, fue el joven Rocky Marciano a acabar definitivamente con el mito.



Solo, enfermo y totalmente arruinado, Louis fue ingresado en un hospital psiquiátrico en Denver trás sufrir un colapso en plena calle y después de una operación quirúrgica acabó en silla de ruedas.

Lo que había sido el “bombardero de Detroit”, el gran orgullo del boxeo americano, falleció en Las Vegas en 1981, abandonado y olvidado por todos.
Solamente el amigo y rival Schmeling, se quedó a su lado ocupándose de él hasta el final, costeando también los gastos de su enfermedad y su entierro, y demostrando sin duda que el deporte es capaz de llegar más allá de las diferencias políticas, de la religión y del color de la piel, ya que donde hay respecto, un negro de América y un aficionado nazi no tienen por que ser enemigos.

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